martes, 11 de junio de 2013

ENTORNO URBANO: Servicios



No prestar servicios a pérdida requiere que ciudadanos dejen de lado el culto a la golilla

Servicios
El Gobierno, aplicando criterios de centralización, establece tarifas de los servicios públicos sin tomar en cuenta los costos, lo que inhibe y desperdicia las ventajas competitivas de cada ciudad y socava los estímulos que pudiera haber para ampliar la base económica de cada uno de los centros urbanos. Esta dejadez ocurre porque el gran ingreso proveniente del petróleo y sus derivados permite, por ejemplo, cubrir la diferencia entre el costo de producir agua potable y electricidad y lo recaudado por suministrarlas. Algo parecido ocurre con los combustibles y con la recolección y disposición de la basura. Esta situación permanecerá porque los gobernantes siempre tienen terror al hipotético costo político que podrían enfrentar si plantearan la obligación de pagar el costo de los servicios consumidos.

Para imaginar otro escenario basta suponer que el petróleo ha perdido vigencia como fuente de energía y que la humanidad se decanta hacia otras alternativas. En ese caso ya no recibiríamos los inmensos recursos que se distribuyen entre los estados y los municipios y tampoco podríamos ayudar a otros países. Sin embargo, no podríamos prescindir de componentes de la vida urbana como servicios públicos, transporte y cuido del ambiente, que deberíamos sostener pagando por lo que consumiéramos, mediante tarifas justas para que cada quien aportara de acuerdo con su consumo correspondiente a su actividad.

Dado que los servicios públicos pasarían a ser responsabilidad de cada colectividad, todos sus miembros deberían contribuir a sostener los sistemas, incorporando en las tarifas los costos para operarlos, mantenerlos y reponerlos. Bajo este criterio las ciudades tendrían que competir para atraer inversiones y prosperar. Sirve de ejemplo que no cuesta lo mismo subir agua a Caracas que dejarla fluir desde el Turimiquire hasta Puerto La Cruz, ni tampoco distribuir electricidad en Ciudad Guayana que en Barquisimeto. Suministrar servicios públicos sin afán de lucro no significa prestarlos con vocación de pérdida, pero requiere convencer a los ciudadanos para que actúen con responsabilidad social y dejen de lado el nefasto culto a la golilla, muy característico en los que solo exigen derechos y siempre esquivan las obligaciones. Y deberían defender sus aportes denunciando incompetencia y corrupción, actitud desconocida cuando, como ahora, todas las decisiones provienen del Gobierno central.

Quizás esta dejadez nos ha llevado a ser un país donde sobrevivir es demasiado fácil. Cualquiera que invada un terreno puede confiar en que a corto plazo, para obtener servicios gratuitos y hasta aportes monetarios, recibirá el apoyo de infaltables compradores de votos. También, si por escasear el trabajo, se opta por actividades delictivas, hay garantía de impunidad. Además disponemos de centros asistenciales y educacionales diversos, aunque algunos sean precarios. En verdad somos un país muy fácil, tanto para la población nacional como también para quienes emigran de tierras donde, por no ser costumbre, es imposible rehuir la responsabilidad ciudadana.

Fuente: El Universal
Fecha: 08-06-2013


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