viernes, 27 de septiembre de 2013

Investigación N24: Caracas vertical, una mirada dentro de la Torre de David


Hoy son muchas las familias que viven en espacios construidos como oficinas. Por fuera, muchos hablan de la invasión más grande del país; por dentro, la sombra de los pasillos se mezcla con la vida de quienes han conseguido ahí un hogar: esta es la historia de la Torre de David.

Temprano en la década de los 90′, el empresario David Brillenbourg quiso ver el centro de la capital convertido en un bulevar financiero. Con esta idea comenzó la construcción del centro Confinanzas. Sus muros se imponían e imponen como los más altos de Venezuela; de hecho, sus paredes forman el tercer rascacielos más alto del país, seguido de las de Parque Central.

Con la muerte de su soñador y la crisis financiera de 1994 también cayó el proyecto, pero lo que pudo quedarse como un esqueleto sin vida fue utilizado por un grupo de familias en 2007 para comenzar una nueva vida. El equipo de investigación de Noticias24 se adentró en la cotidianidad de los vecinos de la torre para ver los dos lado de una complicada moneda.

La visión del “otro”

Para Kimberly que lleva 5 años viviendo en la torre “el edificio es magnífico”. Ella incluso explica que entre los que viven dentro y los que observan hay solo una diferencia de perspectiva. “Aquí se exagera lo que no es, porque el que no vive adentro no sabe”, comenta mientras a su alrededor pasan cientos de personas.

Los comentarios más comunes al hablar de la torre van desde “nido de malandros” hasta “un barrio vertical”. Pero dentro de sus paredes aproximadamente 500 familias hacen una vida que poco ese diferencia de aquellos que están buscando solución a un problema habitacional.

Cuando se invadió, se creó una cooperativa llamada “Casiques de Venezuela” -sí, con s- quienes llevan el control de cada aspecto de la convivencia. Por ejemplo, pocos se imaginan que la limpieza está organizada por pisos y por “apartamentos”. En la entrada del piso 10 hay incluso un cronograma de días y horas para mantener la comunidad impecable. Ellos cobran un condominio mensual que asciende a 200 bolívares por núcleo y con eso pagan los servicios y otros gastos que puedan tener.

Muchos son los extranjeros que hacen vida dentro del edificio. Uno de los casos es el de la señora Dioni, quien vive con su esposo e hijo. “Esto de la invasión no está bien visto”, reconoce esta mujer mientras habla desde la sala de su casa. A sus espaldas, una terraza da hacia el resto de los vecinos de la torre que han cubierto sus hogares con ladrillos, mientras intentan decorarlas de la mejor manera posible.

Dioni llegó a Venezuela en 2006 y dice que la vida de inmigrante sin papeles es muy dura en el país, aunque agradece a Dios y a esta tierra la oportunidad de estar aquí. Ella vino para huir de la situación de violencia que padecía y asegura haber encontrado paz en esa estructura donde “nunca he tenido ningún problema”. Un habitante que no quiso develar su identidad, aseguró que los mismos funcionarios públicos actúan “con desprecio” hacia los que viven ahí, algo que al menos confirmaron 3 personas más.

Los problemas

Rumbo al piso 25 nos topamos con al señora Sofía, una mujer de la tercera edad que cargaba con dos bolsas de mercado. Subimos con ella escalón por escalón, un ejercicio de fuerza que se desarrolla con la práctica. En las escaleras es donde surgen la mayor parte de los encuentros. Hay muchas que no tienen baranda y dan al vacío, por ejemplo la de los estacionamientos, pero niños y adultos las suben y bajan con una facilidad pasmante.

Su casa es una de las que tienen una vista privilegiada de Caracas, aunque para ella lo positivo es haber encontrado una casa en el centro de Caracas. Este es el principal problema por el que las personas deciden incluso comprar un espacio en la torre. El problema habitacional se mezcla con la inseguridad cuando muchos aseguran que “vivir aquí es mucho mejor que vivir en un barrio”.

Con un vaso de agua en la mano y recuperando el aliento, Sofía explica que conseguir ese lugar fue “una obra de Dios”, pues los ha ayudado a progresar. Poco importa que tengan que subir 18 pisos o que duerman en colchones en el suelo, lo que debería dar una leve idea de la importancia de tomar en cuenta los puntos de vista.

Ella pide, sí, pero no una casa, sino un ascensor, algo que también anhela la señora María, cuyo problema de columna le impide bajar haciendo que se quede en el piso 10 “durante semanas”. Cuando la vimos, se encontraba limpiando junto a su hijo el pasillo como parte de la jornada fuera de su apartamento que además compró por 20 mil bolívares, justo a las afueras del mismo se encuentran los enormes huecos de las estructuras donde hoy deberían haber al menos unos 6 ascensores.

Subir y bajar se une al tema del agua, que ahora fluye por tuberías construidas por los propios habitantes. Hay una serie de bombas que llenaba los tanques, pero cuando algo falla, deben optar por subir los tobos por las escaleras.

“Dentro de la torre no se aceptan comiquitas”

Dentro de la torre de David la propia dinámica de convivencia hace que se respeten las normas creadas. Ahí está prohibida la venta de drogas u otras actividades ilícitas. Muchos de los vecinos aseguraron que de no ser por la organización “aquí hubiese pasado cosas feas, como violaciones”, dijo Marta.

Marta vive en el piso 7 y cuenta que “la organización saca el pecho” por el resto de la comunidad y que a ella nunca le ha pasado nada. Nadie quiso hablar del caso de Cholele, aunque reconocen que después de eso la organización ha sido más estricta.

El pasado 9 de abril de 2012, la Policía Nacional Bolivariana, Guardia del pueblo y el Comando Nacional Contra Extorsión y Secuestro realizó un allanamiento en la torre de David por un procedimiento estaría relacionado con el secuestro del funcionario de la Embajada de Costa Rica en Caracas, Guillermo Cholele.

“Dentro de la torre no se aceptan comiquitas”, dijo un hombre que no quiso ser identificado dando a entender que las malas conductas tienen consecuencias. En un lugar así, donde la policía no entra, en la propia comunidad la que impone el orden. La mayoría son evangélicos y las paredes están rayadas con mensajes que hablan de dios y de la paz, estableciendo en cada esquina un mensaje claro, al menos, “de cómo queremos vivir”.

La felicidad como arma de supervivencia

A pesar de los que muchos creen saber de la torre, aquí las personas utilizan la felicidad como un arma que los ayuda a vivir día día. Un joven que estaba remodelando uno de espacios, tumbando paredes para ampliarlo, aseguró que “uno no puede decir que está conforme, pero sí estoy feliz”. Todos ellos vienen de un pasado diferente y encontraron el edificio una nueva oportunidad. Esto es lo que hace realmente único este lugar, el hecho de que las dificultades de los que viven ahí no sean mayores que la satisfacción de tener un espacio que ellos aseguran es seguro y sin problemas.

Sandra es un ejemplo perfecto. Ella vive en el piso 9 y muestra su casa con orgullo. Sus dos hijos estudian y da gracias a Dios por ser feliz. En ningún momento quitó su sonrisa. “Viendo todo lo que tienen que pasar, las críticas ¿Cómo eres tan feliz?”, preguntamos en un intento de comprender más allá del tabú de la pobreza. “Es simple”, contestó, “es un arma de superviviencia”.

Cada uno con los que conversamos está consciente del problema. Esta invasión rompe con el artículo 471 del Copp y aún no se han hecho planes para solventarlo. La realidad es que cada uno de ellos ya ha hecho una vida en el lugar, lo que complica la situación. Cientos de niños viven en el edificio y se desenvuelven en planes deportivos que han llegado a crear un equipo de fútbol que practica en la cancha ubicada en planta baja. Para los ojos de los que están fuera, el lugar es una invasión, pero para los de dentro, es su casa. Los comercios dentro de la propia identificación han aumentado: barberías, abastos y una línea de mototaxi que llega hasta el piso 10 por la torre del estacionamiento son algunos de ellos. Aunque venden las casas, la propiedad es de Fogade, lo que significa que ninguno es el dueño jurídico de el espacio, aunque ellos así lo sienten. Mientras pasan los años, la estructura se consolida a lo interno y las críticas se reducen, aunque los problemas continúan y la alegría sigue siendo la salida de los que viven en el edificio Confinanzas que hoy ya el mundo entero conoce por La Torre de David.

Fuente: Noticias24
Fecha: 26-09-2013

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